La imagen política es un conjunto de características que, al ser percibidos de forma positiva, permiten al actor político definir y orientar el público objetivo para distinguirse y posicionarse con respecto a sus competidores.

La imagen se trata de cualidades, porque mucho de lo que involucra el ejercicio de la política está formado de percepción, sensaciones, expectativas y especulación, incluso de rumores y simbolismos.

El poder de la imagen política radica en ser utilizada de manera estratégica, oportuna y eficiente. Su calidad depende de lo que pueda generar, es decir, de la influencia, liderazgo, dominio, privilegios, distinciones, oportunidades y los seguidores leales que produzca.

Cuando un servidor público es señalado por corrupción, cuando sus omisiones han hecho daño al patrimonio público, cuando se falta a la verdad, se incumplen las promesas de una campaña electoral o surge el escándalo, se deteriora más allá de una imagen personal. De ahí la importancia de que la imagen política sea la óptima y transmita confianza, certidumbre y credibilidad a la ciudadanía.

Lograr la imagen del candidato perfecto requiere preparación, recursos y trabajo, por lo que detrás de los aspirantes a un cargo de elección popular tiene que haber un equipo de profesionales que dicten cómo debe de verse, hablar y actuar.